Donde ocurren las cosas

Richard Feynman - Foto de Tamiko Thiel
Richard Feynman - Foto de Tamiko Thiel

A todo el mundo le cae bien Richard Feynman. Bueno, a casi todo el mundo. Un genio, un hombre con sus luces y sus sombras. Escapó por los pelos del alcoholismo. Puede que fuera un machista o puede que no (por ejemplo, defendió a capa y espada a Jenijoy La Belle cuando Caltech negó la plaza a la que fuera la primera profesora mujer de la institución); es posible que simplemente se dejara llevar por su brutal honestidad en todo y sencillamente no supiera aplicar los frenos sociales que a todos se nos suponen.

El caso es que no se puede negar que Feynman fue un hombre especial. No habló hasta después de los tres años, y su cociente intelectual era “sólo” de 125, tal y como mostró el examen que le hicieron en el instituto y que ha sido puesto en duda por su foco en las habilidades verbales. Sin embargo, recibió el Premio Albert Einstein en 1954, el E. O. Lawrence en 1962, el Premio Nobel de Física en 1965, la Medalla Oersted en 1972 y la Medalla Nacional de las Ciencias en 1979, además de ser Miembro Extranjero de la Royal Society. Vamos, que parece que tonto tampoco era.

Su autobiografía Surely You're Joking, Mr. Feynman! es una interesante lectura. Y no lo es sólo por lo que revela de la vida y la mente de alguien tan peculiar; tampoco por lo que en ella se pueda encontrar de ciencia o ingeniería. Que también.

El libro es interesante porque de él pueden extraerse dos lecciones para la vida.

La primera se resume en una única y breve frase de Feynman: “Siempre hago eso, me meto en algo y veo hasta dónde soy capaz de llegar.” Hubo muchas cosas que despertaron su curiosidad (la ingeniería, las matemáticas, la física, la apertura de cajas fuertes, el aprendizaje de idiomas, la música, el dibujo, la introspección…), y todas ellas las abordó con entusiasmo y buscando sus límites. Nada se quedaba a medias.

La segunda es precisamente la que da título a este artículo, y esa sí que requiere su pequeño relato.

Feynman estudió primero en el MIT y luego en Princeton. Mientras estaba en Massachusetts, se construyó allí en el Instituto un ciclotrón. Era perfecto; todos los cables estaban ocultos en su camino hacia la sala de control adyacente, y todo era de una limpieza y un orden superiores. Cuando algo fallaba, se llamaba a un ingeniero o varios que lo arreglaban y después se seguía trabajando ordenadamente con el aparato. Era lo que él llamaba ”un ciclotrón bañado en oro”.

Pero a Feynman le llamó la atención que se publicaban pocos estudios hechos en el ciclotrón del MIT, y muchos de otros lugares como Princeton. Así que, cuando se mudó a Princeton, estaba deseando conocer su ciclotrón. Si el del MIT era tan perfecto y bello, ¡qué no sería el que daba origen a tanta ciencia!

Cuando llegó a Princeton y conoció las instalaciones que tanto ansiaba ver, se encontró con un sitio pequeño en el sótano de un viejo edificio, cables corriendo por todas partes de manera aparentemente desordenada, mesas llenas de herramientas apiladas, agua de refrigeración goteando de las válvulas… Feynman lo recuerda así en Surely…:

“Todo el ciclotrón estaba ahí en una sala, ¡y era un completo y absoluto caos! Me recordaba a mi laboratorio en casa. Nada en el MIT me había nunca recordado a mi laboratorio en casa. De repente me di cuenta de por qué Princeton estaba logrando resultados. Estaban trabajando con el instrumento. Habían construido el instrumento; sabían dónde estaba todo, sabían cómo funcionaba todo, no había ningún ingeniero involucrado, excepto que quizás él también estaba trabajando allí.”

Princeton era el sitio donde ocurrían las cosas.

A mí también me gusta estar donde ocurren las cosas.

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